A Friend Of Mine

Eran como las 2:30 por la madrugada cuando, ya casi consumidas todas las luces del local -todas esas velas supuestamente aromáticas, de las que disipan el humo del tabaco con parafina perfumada- entró por la puerta uno de mis mejores amigos en el mundo. Al principio no me di cuenta bien a bien de quien se trataba: los que nos reunimos alrededor del Río no nos distinguimos por nuestra excesiva o notoria originalidad; todos sombrero y paliacate, todos espuelas y botes de Tecate. Pero mi mejor amigo en el mundo se distinguía por ser excesivamente fino: entre todos los vaqueros mexicanos –porque Butch Cassidy y Tom Mix tenían un rango aparte- Francisco Zuloaga siempre fue el más elegante. Si llevaba botas, las habría comprado –seguramente- en la mejor boutique de calzado en Piedras Negras, o en algún lugar más importante. Paliacate: bordado; cinturón: pitiado; Ford Cobra: pimpiado. ‘The works’, ya saben.
Cuando entró no lo reconocí porque, aparte de la luz -Saloon-a-la-cliché-, con la que no veía nada, entro con aires de quebrar mesas y ganas de romper madres: pavoneado, por no decir más. En general, cuando uno no ha visto a Poncho por un rato –el inseparable sidekick de mi amigo- pedir un vino barato, es por que su jefe esta lejos, viendo como cortarle todo el pelo a un gringo: pero todo, de un solo tajo. Después de que se asomo, debajo del gran sombrero, una sonrisa muy brillante, supe bien de quien se trataba: este si era el vaquero más cabrón desde Los Mochis hasta Nogales; y todo se hizo claro cuando, vociferando, ordeno al mesero: “Un vino para Poncho aquí; para mí, un wihiskey –dijo, medio emocionado-, con nada más que el vaso”.
En el momento en que me estaba parando, para ir a saludar a mi amigo, me detuve de pronto un tanto, para ver si nadie quería conmigo. Pues si algo sabía de entrada, es que ninguna mujer –y mujeres había, no saben cuanto- me estaría esperando: porque de entre los mujeriegos de todo el desierto, solo Francisco estaba siempre ligando. Seguro de que nadie me buscaba, muy a mi pesar, camine a saludar a mi compadre: me acorde del día en que, acorralados por los forajidos, llego –con botas de piel, y con guantes de ante- a echar bala, aquel día en el Fuerte del Rio Grande. Y entonces me tome lo que quedaba de mi botella: la mitad y otro tanto.
Perdido entre recuerdos, y confundido entre shots de vodka, me di cuenta de que todo este tiempo, no había nada puesto: nada de música, entre una cosa y otra. Decidí que antes de saludar a mi compadre, tenía que hacer algo: algo para que todos los que querían bailar, con sus viejas o sus pistolas, no hicieran demasiado coraje; pero sobretodo, que no estuvieran chingando. En vez de ir hacia la barra, me dirigí con velocidad a la rockola, de esas nuevas con pantalla, y con luces, ya sabes, curadota. Chequé, entre el catálogo, cual sería la mejor canción,; pero cuando me di cuenta, la cabrona ya estaba sonando.
Ciscco Kid – War Download
F-F-Fer!
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